Ganador Teseo VIII

Con un poco de retraso escribo para colgar el relato ganador del Teseo VIII. En esta edición ha sido la compañera Erein la flamante ganadora. ¡Felicidades! Y enhorabuena a los demás por participar y mantener como siempre el buen clima del foro.


Ya no recuerda


Paredes desconchadas tiempo atrás. Colores brillantes diluidos, y un pececillo del color de la arena dando vueltas por los cadavéricos recovecos de una calavera.
Una mujer de cabello oscuro sujeta con fuerza una almohada contra la carne tierna de una niña pequeña que se retuerce bajo ese mar de plumas. Mientras canta una nana al aire, en lo más profundo de sus entrañas siente un inmenso vacío. O tal vez se trate de lo contrario: de un nudo que la asfixiará más rápido que la almohada con la que estrangula a su hija.
Los chillidos de la niña apenas llegan a escucharse, pero por la ventana se cuelan los de otra gente, sin haber sido requeridos o buscados.
Pero a la mujer le importa poco. Se concentra en acabar con la vida que pende de un hilo mientras aún le quede tiempo. No hace caso ni de sus propias lágrimas que amenazan con desbordarse en cualquier momento y abrasar su piel.
Tiene que hacerlo.
Hay ocasiones en las que no queda otra opción. Y esta es una de ellas.
El pez retrocede y juguetea entre huesos que no comprende y que pronto olvidará. Están todos amontonados, juntos, como si hubiesen decidido pasar su eternidad abrazándose.
La mujer se tiende junto al costado de su hija. Se acurruca como esperando que la niña la consuele. Como si la niña fuese la madre y la madre la niña.
Besa una de sus cada vez más frías mejillas, pierde su mano entre el pelo castaño que corona su cabecita, y en sus labios aún resuenan las notas de una canción de cuna que nunca nadie  sabrá jamás.
Y finalmente llora. Por su niña, por ella misma, por su marido y su familia. Por el mundo que ha conocido. Y por su vida.
No era su destino acabar así. O no debería haberlo sido.
Pero su llanto de pronto se ve ahogado por el ruido. Los chillidos han dejado de oírse. Los animales dejaron de escucharse hace tiempo. Ahora ese sonido lo llena todo. Sale de las paredes agarrándose a toda materia viva y destrozándola a su paso. Inunda. Lo llena todo. Lo consume todo.
Cada vez más cerca.
Se despide de su hija por última vez.
“Adiós.”
El pececillo consigue escapar del laberinto osificado. En su memoria apenas queda rastro del camino que ha seguido ni de lo que ha visto. Pero no tiene mayor importancia para él, así que moviendo sus aletas deja tras de sí a aquellos cadáveres roídos por el tiempo y las aguas, en busca de otro campo de juegos. Puede que incluso sea mucho mejor que el que acaba de visitar.
Pero nunca lo sabrá.
Porque ya no recuerda.
Porque ya no queda nadie a quién recordar.

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